sábado, 26 de diciembre de 2009

[Trasfondo] Siobel uth Borg


Siobel es una Dama de Solamnia que viaja con un grupo de aventureros, trasfondo para una partida por foro que estoy jugando actualmente.


Ahora todo ha terminado, y puedo empezar de nuevo. No tengo miedo. Todo ha quedado atrás, ahora no soy nadie. ¿Lo fui, alguna vez? Ya no importa. Tengo que dejar el pasado atrás. Nunca volveré a Palanthas. Allí están mi padres, mis amigos, si voy me mirarán a la cara y sabrán que me han derrotado. No he estado a la altura de lo que se esperaba de mi. Mi madre me echará en cara la lista de todos sus antepasados hasta llegar a aquel que fue amigo de Vinas Solamnus. Procedo de familia antigua pero solo es la mitad de mi sangre, y es sangre que a veces parece débil y aguada. ¿Qué héroes hay en la familia desde hace cien años, madre? O desde hace trescientos. He hecho lo que he podido.

Con mi padre será distinto, con él no puedo poner excusas, entre mi abuelo y él hicieron un imperio comercial de la herrería que heredaron de mi bisabuelo. Ahora mi padre controla el gremio de comerciantes de Palanthas. Se casó con una dama de rancia familia para asegurarse una posición. Diseñó su propio escudo de armas. ¿Qué más da que se enriqueciera con métodos a veces poco lícitos, aprovechando las guerras que han asolado Ansalon en los últimos cuarenta años? Es el honor del que finge tenerlo, eso es lo importante. Si hubiera fallado y nadie lo supiera daría igual, pero todos lo saben y soy una vergüenza para él, para la familia. He fracasado.

A mis espaldas llevo muchos muertos, dos maridos que murieron en el campo de batalla, en Sanction. Quise viajar con ellos, luchar con ellos pero no me dejaron. Esperaba en casa, en las dos casas que realmente nunca fueron mi hogar a que volvieran. Uno detrás de otro, me casé con el segundo antes de que se enfriara el cadáver del primero. Eran hombres importantea, valientes caballeros. Era lo que me convenia, lo que convenía a mi familia. Ahora me alegra no haber tenido hijos con ninguno de los dos.

También en eso fallé. Como dama y como guerrera, no tengo un lugar realmente. Obligaciones sin cumplir una y otra vez. Aunque fueran fáciles. Conocí a mucha gente y extendí las relaciones de mi familia. Eso sí pude hacerlo. Pero eran mentiras, siempre mentiras. Sonrisas falsas para atraer relaciones, usarlos para firmar tratados que no siempre se cumplen. Fingir que las cosas van bien, que las amenazas de los grandes dragones no nos afectaban. Perderme en leyes y normas que nunca he llegado a comprender muy bien, y que tampoco importan si no sirven para lo que necesitamos.

El honor es mi vida. Una frase vacía que mi padre quería incluir en nuestro escudo de armas. No ha habido honor en nuestras vidas y, cuando he querido ganármelo, solo ha servido para que mucha gente muriera por mi culpa.

Tras la muerte de mi segundo marido quise irme de la ciudad. No lo amaba. Apenas pude conocerlo pues se marchó un mes después de la boda. Su muerte fue la muerte de un desconocido que afectó a mis cuñadas y a mis suegros y me hicieron ver que aquel no era mi lugar. Pensaron que estaba destrozada de dolor cuando les dije que tomaría las armas y lucharía como no había podido luchar él, que vencería donde no había podido vencer él. No me lo impideron. Ya no está tan mal visto que una mujer entre en la caballería y realmente no soy una dama. En momentos como este es cuando me alegra tener la sangre de mi padre, que es roja y fuerte y nadie olvida de dónde viene.

No les dije nada a ellos. Para mis padres me estaba comportando mal. Sé que si los hubiera mirado a la cara habría visto negativas y decepción. Una dama no se subía en un caballo ni atacaba al enemigo espada en mano. Pero yo no quería casarme otra vez. Un nuevo castillo, una nueva familia, un nuevo esposo que se marcharía a luchar y a morir y me volvería a quedar sola. Y yo quería luchar, ganarme por la espada ese honor que mi padre tanto ansiaba. No que lo ganaran por mi, con mi enseña prendida en el casco mientras luchaban. Yo quería estar allí y sentir que era mi espada la que derrotaba a los enemigos. Que huían y nuestro mundo volvía a estar en paz. Una paz que yo nunca he conocido.

Pero fracasé. Me nombraron dama de Solamnia y luché por mi país durante la Guerra de los Espiritus, me enfrenté a seres incorpóreos luchando contra ellos y contra mis temores. Ayudé a evacuar pueblos atacados. A reconstruir pueblos derrotados. Y entonces, cuando mis jefes tuvieron confianza en mi, cuando pusieron a mis órdenes un pequeño destacamento y lo lancé a la batalla, entonces fallé.

Si hubiera muerto no pasaría nada. Mis errores habrían quedado tapados por mi valor y mi heroísmo. Si hubiera muerto el orgullo seguiría intacto y me habrían enterrado en el panteón familiar. Pero no he muerto. Aun peor. Huí y dejé que los demás murieran. Ahora veo los rostros de los muertos todas las noches cuando duermo, los veo acusándome de cobardía. Yo era su capitán, ellos hicieron lo que yo les dije. Y yo me equivoqué. Ahora no puedo perdonármelo.

Mis superiores sí me perdonaron. El consejo de guerra duró varios días y no sé cuanto tuvo que pagar mi padre para que me declararan inocente. No lo soy, todos saben que no lo soy. Me miran y lo leo en sus ojos. Y son desconocidos, por eso no quiero volver a casa y leerlo en los ojos de los que me conocen. Decidí entonces dejar mi cargo. No merecía llevar la Espada de Kiri Jolith en mi escudo. El dios había vuelto justo para ver cómo yo fracasaba, ahora tengo que ganarme su favor antes de volver a lucir sus colores. Aunque me dijeron que todo estaba bien, yo preferí marcharme.

Encuentro trabajos como mercenaria, a veces, otras intento ayudar a aquellos que lo necesitan, ni siquiera sé si busco una redención o si tengo derecho a ella. Salvar una vida no compensa a los que murieron por mi culpa, ni siquiera salvar miles de vidas lo compensaría. Si al menos no los hubiera dejado solos. Si hubiera muerto con ellos. Si hubiera aceptado que cometí un error y sufrido sus consecuencias.

Me digo una y otra vez que no sirve de nada lamentarlo, que podría esperar unos años y luego volver, casarme de nuevo y todo se olvidaría. Pero yo no soy capaz de olvidarlo, necesito una redención que no llega. Necesito sentir que puedo enfrentarme al peligro sin echarme atrás, que soy capaz de tomar una decisión correcta, aunque sea una única vez. Necesito poder mirar a mi padre a los ojos y decirle: "El honor es mi vida" y que sea verdad, que no sea una mentira que fingimos ante los demás, que me he ganado el escudo que llevo. Es posible que a él no le importe, que mi madre no lo comprenda. Su sangre llega hasta Vinas Solamnus, la mia no ha empezado a derramarse por el honor todavía. Quizás no lo haga nunca. Quizás, la próxima vez que me enfrente a un enemigo terrible también tenga miedo y más hombres mueran por mi culpa. Y quizás esa vez sea capaz de quedarme a morir con ellos.

Ahora todo ha quedado atrás. No olvido el pasado, lo llevo sobre el alma y pesa, pero voy a empezar de nuevo y me prometo a mí misma no cometer errores. Tierras nuevas que no he visto, gente que no me conoce y que no me juzga. Los dioses han vuelto, los grandes dragones han muerto pero aún es tiempo de héroes. Tengo una oportunidad y también tengo miedo.

martes, 22 de diciembre de 2009

[Reseña] Un año de palabras



Un año de palabras es algo más que una recopilación de relatos, en este libro está plasmado todo un año que Nachob (Ignacio Becerril) nos dejó compartir con él.

Hace un par de años me pasé por OcioJoven, un portal donde iba a veces pero que no frecuentaba mucho, descubrí allí en ese momento un grupo de jóvenes escritores que intentaban aprender unos de otros en un ambiente de camaradería que me gustó e intenté participar todo lo que pude. Escríbiamos, comentábamos los relatos de los demás, corregíamos, intercambiabamos ideas. Nachob era uno de los escritores más comprometidos del foro, siempre estaba allí para ayudarte con sus comentarios, siempre recibía las críticas con una sonrisa, viendo qué podía sacar de ellas para mejorar.

Este libro es ese año que compartí con él. Yo leí estos relatos cuando eran embriones y los vi crecer, cambiar, mejorar con nada nueva revisión. He visto a un autor comprometido con su obra, buscando la perfección, Nachob investigaba, experimentaba, se proponía retos y los llevaba a cabo. Un año de palabras es el resultado de todo ese trabajo y algo más. Es un sueño, realmente, un sueño de palabras y papel.

Me sentí muy orgullosa de tener la posibilidad de prologarle uno de los relatos. Nachob ha querido que todos estuvieramos ahi, en el libro, con él. Miro ahora los prólogos y recuerdo la gente, el ambiente, releo los relatos y vuelvo a aquel año mágico, donde me sentía más joven y más entusiasmada con las cosas.

Si queréis echarle un vistazo a sus relatos, os dejo la dirección de su blog: Un año de palabras donde podéis ver también la trayectoria que ha seguido después de este libro.


     Las estrellas cubren el firmamento. He acabado. Quedan muchas más historias, muchos más relatos. Pero serán para otro momento. Por hoy ya han tenido suficiente. Inmóviles, parecen dormitar mientras los ecos de mi voz todavía resuenan en el aire como susurros apagados.
     Esta noche, soñarán... De máquinas y hombres (Nachob)

jueves, 17 de diciembre de 2009

[Recursos]Escaleras

La escalera de los Gigantes- Canaletto
Estoy escribiendo un relato y he situado al personaje subiendo unas escaleras. No es un recurso original, es algo que he usado muchas veces. La escalera es un marco pequeño y centrado que sin embargo da movimiento a la escena, el personaje está encajado pero se está moviendo. Me gusta esa imagen y esa idea.

Escribí una novela en mi adolescencia en la que dediqué todo un capítulo a contar cómo uno de los personajes subía unas escaleras. Recuperé el recurso en el relato "Los Orbes de los Dragones", donde esta vez la escalera no es el centro ni lo ocupa todo, sólo es una parte, y a difrencia del anterior esta vez el personaje sí llega arriba.

Y el caso es que mis personajes siempre suben, a veces escalan una torre, el guerrero que buscaba al dragón en "La caza del dragón" ascendía por una montaña, en la partida que estoy dirigiendo ahora mis jugadores cayeron en un talud que los llevó a las profundidades de la montaña y toda la partida ha consistido en ir ascendiendo hasta llegar a la superficie.

No es algo que haga de forma consciente, empiezo el relato y de pronto me encuentro que los personajes están subiendo, y me ha parecido curioso precisamente por eso, porque es algo recurrente que mis personajes suban y, sin embargo, en muy raras ocasiones descienden. Recuerdo un par de casos, en uno de ellos la bajada es brusca, una caída, en "La orilla del mundo" los personajes descienden buscando supervivientes y después ascienden con el que han encontrado, pero es algo puntual, una anécdota que no centra el relato como en los otros casos.

Las escaleras son el centro del relato cuando los personajes suben, pero no lo son cuando los personajes bajan. Son curiosas las cosas que hacemos de forma inconsciente.

Escaleras - Victor Horta

sábado, 12 de diciembre de 2009

[Relato] El baile

Este relato fue inicialmente un fanfic, ahora lo he remodelado un poco y he cambiado algunas cosas para que se entienda mejor si el lector no conoce la serie de la que he tomado prestados los personajes. Algunos reconoceréis el relato original, a los demás, espero que os guste.



Jan Toorop

 
EL BAILE
I.

Sus ojos eran dos ascuas de fuego ardiendo. Parecían brillar en la noche. Furiosos. Llenos de un deseo que invadía cada centímetro de su ser. Se sentía furioso por sentirlo, por creer que las cosas habían cambiado. La ausencia no había servido de nada y le dolía. Le dolía no haber podido olvidarla.

Neal temblaba cada vez que sus ojos se cruzaban con los de ella. Temblaba pero no de miedo. Ni de odio, aunque intentaba hacerse creer a sí mismo que esta era la emoción que lo embargaba. ¿Podía ser amor? No quería aceptarlo, quería llamarlo deseo, pasión. No es tan sencillo a veces engañarse a uno mismo.

Un capricho, había dicho su hermana con una sonrisa sardónica en los labios. Una estupidez, había dicho su madre, con altanería, añadiendo que ella nunca estaría a su altura. Su padre había permanecido en silencio, sin decir nada, aunque a Neal le pareció que bajo su adusto bigote sonreía.

La noche era cálida y Neal había bailado con todas. Con todas menos con ella. Los rizos rubios le caían en cascada por la espalda. El vestido era más azul que el cielo y la sonrisa que iluminaba su rostro no estaba dirigida a él.

-Aún la amas -su hermana le había cogido del brazo y había conseguido que desviara los ojos de la hermosa joven que era el alma de la fiesta-. Te despreció. Te rechazó. Te dejó en ridículo delante de todos. Pero aún la amas.

-No quiero amarla -la voz de Neal sonaba furiosa, escupía las palabras más que las pronunciaba, enfadado consigo mismo por lo que sentía y porque era tan evidente para su hermana-. No quiero, de veras, pero no sé cómo dejar de hacerlo.

-Ella nunca te perdonará -la voz de su hermana sonaba dura, pero la mano que ceñía su brazo era cálida, comprensiva. Neal se deshizo del contacto con un gesto.

-Cierto. Ella nunca me perdonará.

Neal se alejó de la pista de baile y se sirvió un cumplido whisky. Lo bebió con parsimonia, dejando que el fuego del licor se fundiera con el que le corría por las venas. Sabía que iba a sufrir al volver a verla. Todos aquellos años alejado de ella no habían hecho más que idealizar su recuerdo. La había dejado siendo poco más que una niña, una adolescente que se abría al mundo con valentía y coraje. Seguía siendo valiente y dulce a la vez, y mucho más hermosa. Miles de jóvenes la rodeaban, se deshacían en cumplidos con ella, la adoraban. Se casaría con alguno de ellos y él tendría que verlo. Neal terminó su copa de un trago y se armó de valor. Se cubrió con un escudo de indiferencia. Un escudo que cualquiera podría hacer añicos como si fuera de cristal, pero que era el único que tenía. Sus pasos atravesaron el salón de baile sin que supieran a dónde se dirigía. La copa vacía en su mano había dejado de temblar.

Ella estaba tan cerca. Oía su risa. Su voz aguda vibrando en el aire. Uno de sus admiradores salió del círculo para ir a traerle un poco de ponche. Neal aprovechó el hueco para adentrarse en el círculo, como si todo hubiera sido por casualidad.

Se miraron. En ningún momento de la noche habían estado tan cerca, tan solos a pesar de la gente que los rodeaba. Los reflejos del fuego en los ojos de Neal se hicieron más brillantes. La sonrisa de Claire desapareció de su rostro.

-Neal -murmuró ella.

-Claire -la saludó él, tragando saliva antes de continuar-. ¿Quieres bailar?

Ella bajó los ojos, quizás recordando pasadas humillaciones, quizás preguntándose qué tendría él esta vez escondido en la manga.

Neal esperó un segundo que se le hizo eterno.

-No, Neal, gracias. Mejor no.

Lo dijeron sus ojos antes de que las palabras salieran de sus labios. Ojos líquidos como el agua del mar. Había una súplica en ellos y Neal apartó sus ojos de fuego para dejarla pasar.

La contempló mientras se alejaba, rodeada de sus admiradores solícitos, alguno miró hacia atrás, hacia donde él se encontraba, con un gesto de triunfo. El fuego subió por los hombros y coloreó sus mejillas hasta hacerlas arder.

Le rechazaría. Le rechazaría una otra vez. Lo sabía. Sabía que nunca lo perdonaría, pero no podía dejar de amarla.



II. El OTRO LADO

Claire hubiera preferido no estar allí. Sonrisas huecas de gente que apenas conocía, que no la aceptaba del todo. Jóvenes que la buscaban porque era una rica heredera y no porque la conocieran. No sabían quién era. No sabían qué la hacía reír ni qué la hacía llorar. ¿Había alguno de ellos, en aquel salón, que lo supiera? Claire podía pasear entre ellos envuelta en seda azul y no encontraría a nadie. Ninguno la conocía.

Ella estaba allí por el orfanato que estaba intentando ayudar. Sus sonrisas se convertirían en donativos de todos aquellos satisfechos ricos, sería una carrera universitaria para Tommy y sería el carísimo tratamiento de un doctor alemán para Peggy. Eso la hacía sonreír, pero si hablaba de los niños a cualquiera de sus acompañantes sólo encontraba gestos difusos. No les importaba. No la escuchaban. Risas y sonrisas. Baile, música y ponche. Era mejor dejarse llevar. Disimular que era un pez fuera de su estanque.

Su hermano estaba lejos, en uno de sus largos y extraños viajes. ¿Negocios o huída? Claire nunca lo sabía. Tal vez las dos cosas. Tal vez ninguna. Ella aceptaba la responsabilidad igual que lo hacía él, con una sonrisa en los labios y el deseo de escapar pronto de allí en la cabeza. Sonrió a los jóvenes que la rodeaban, bailó con ellos. Ninguno de ellos la conocía. No sabían que lo que quería era salir de allí, trepar al más alto árbol del jardín y nadar en el lago a la luz de la luna. Ninguno de ellos quería conocerla realmente.

Vio cómo Neal se acercaba a ella. Llevaban años sin verse, desde aquellos amargos días donde ambos eran adolescentes y él había intentado imponerle su amor sin importarle que ella no sintiera lo mismo. A Claire no le gustaba guardar rencor. No lo odiaba. Aquella parte de su vida había quedado atrás y lo que importaba esa noche era su obra benéfica. Quizás podían empezar de nuevo. Quizás las cosas fueran distintas ahora que ambos habían crecido.

Neal se acercaba y sus ojos la miraban fijamente. Claire se dio la vuelta y dejó que sus admiradores la rodearan, cubriéndose con ellos, alejándose de esa mirada que la había perturbado en una noche aparentemente perfecta. Podría haber ido a su encuentro y saludarlo, ella era la anfitriona y él un viejo amigo de su hermano, pero no quería hacerlo. El pasado no estaba enterrado, lo había visto en los ojos de Neal. Claire no quería recordarlo, no quería que se acercara.

El estaba allí. Había traspasado el escudo de sus admiradores y estaba delante de ella. Sus ojos parecían estar ardiendo, consumidos por un fuego interior, y a Claire le pareció que si seguía mirándolos podría perderse entre las llamas. La voz de él sonó ronca, como si surgiera de muy dentro, la de ella tímida e insegura. El pasado se erguía ante ellos como un muro que él intentaba saltar y detrás del que ella se escondía. Claire se preguntó si le guardaría rencor todavía. Si la odiaba.

-Neal –consiguió murmurar, a modo de saludo.

-Claire –la saludó él.

Un leve saludo, un reconocimiento. No hacía falta más. Todos los que la rodeaban sabían que eran viejos conocidos, quizás debería haber dicho algo más, pero Claire no sabía qué.

Neal tardó un par de segundos en volver a hablar. Inseguro y decidido a la vez. Su mano apretaba con fuerza el vaso vacío que llevaba en la mano. Cubitos de hielo se deshacían rápidamente. A Claire le pareció que Neal era lo único real de todo cuanto la rodeaba.

-¿Quieres bailar?

Una pregunta inocente. Una petición que había oído mil veces esa noche. Había dejado que manos extrañas la condujeran por la pista de baile. Se había dejado llevar por ellas. Neal apretaba con fuerza el vaso y las venas se marcaban en sus dedos tensos, pero Claire tenía la mirada prendida en sus ojos, que no parecían querer soltarla. Dudó. Vio en ellos que él no había olvidado. Le resultó imposible contestarle mirándole a los ojos así que los bajó.

-No, Neal, gracias. Mejor no.

Se alejó de él rápidamente, sin intentar que la sonrisa de circunstancias adornara sus labios. Se alejó, y dejó que sus admiradores la rodearan de nuevo. Alguien le trajo una copa. Claire se volvió a medias y miró hacia atrás. Neal seguía en el mismo sitio, mirándola. Neal la conocía. Sabía cómo hacerle daño.

Sus miradas se cruzaron de nuevo, en la distancia. Claire vio cómo la mano de Neal apretaba el vaso con tanta fuerza que el cristal se hizo añicos entre sus dedos. El seguía mirándola, como si no se hubiera dado cuenta. Claire bajó la vista. No tenía que decir nada. El la conocía. Una gota de sangre cayó sobre los cristales rotos.



Adolf Gottlieb

martes, 8 de diciembre de 2009

[Reseña] Que el cielo la juzgue




Es curioso como la memoria cambia las imágenes. Hace muchos, muchos años que vi la película. Recuerdo un color falso, brillante, de grandes contrastes, recuerdo un lago inmenso de aguas calmadas y una mujer en una barca. Rema, la cámara se centra en ella. Creo recordar sus ojos pero he buscado imágenes para colgarlas con la reseña y en todas las que he visto tiene puestas gafas oscuras.

Sin embargo cuando leía la novela de Ben Ames Williams era el mismo rostro el que recordaba, no conseguía recordarlo a él, ni a Ruth, sólo recordaba a Gene Tierney, aunque no sabía que era ella, recordaba su rostro y lo veía cada vez que aparecía Ellen.

Apenas recuerdo nada más de la película. La sensación. Una protagonista que era mala, seguro que fue una de las primeras películas que vi donde pasaba eso. Los protagonistas nunca eran malos, nunca se sentía rechazo hacia ellos. Ellen ponía los pelos de punta.

El libro no ha resultado tan impactante, tal vez porque sabía lo que iba a pasar. Es de desarrollo muy lento, demasiado. Toda la primera parte se hace eterna y aburrida, no conseguí sentir empatía hacia Dick, ni hacia Ellen, ni hacia Ruth.

Dick se deja llevar, se nos presenta serio y equilibrado, pero en realidad siempre se deja llevar intentando complacer los deseos de todos los que le rodean. Es ese también su papel en la trama, un punto de vista que sólo aporta lo que ve y lo que siente, pero que no mueve la acción. Cuando Ellen desaparece, es Ruth la que toma el protagonismo, tira de él y Dick puede seguir siendo un personaje pasivo.

Ellen es el timón alrededor del cual se mueve todo, el centro, el personaje funciona por impulsos y así es como va haciendo avanzar la trama, a golpes en medio de una calma ficticia, la pérdida de su punto de vista es algo que lastra toda la segunda parte de la novela, que pierde intensidad.

La multiplicidad de puntos de vista es un gran error. Yo misma he usado ese recurso a veces en mis relatos y me ha gustado verlo aquí porque no me daba cuenta de lo mucho que ralentiza la trama ver las cosas narradas una y otra vez. Da más profundidad a los personajes, se entienden mejor, pero es un recurso que debería limitarse a determinadas escenas, las más relevantes y el libro resultaría más fluido. De todas formas ha sido una lectura interesante, que me ha hecho recordar una película que tenía olvidada pero que me impactó mucho.

viernes, 4 de diciembre de 2009

[Relato] Ceniza

Este es el relato que presenté al TDL 8, donde quedé en el puesto 37, al releerlo veo que quizás las 100 palabras que tuve que recortarlo se notan más de lo que creía pero lo cuelgo tal y como lo envié.


CENIZA

 

I.

—Lleva demasiado tiempo dormida.

Nadelle oyó las palabras que se abrían paso hasta su abotargado cerebro, movió la cabeza para indicar que no, que estaba despierta, que los escuchaba. Parpadeó intentando abrir los ojos y cuando lo consiguió los vio a los dos. Licos estaba arrodillado en el suelo, junto a ella, nervioso. No dejaba de mover las manos aunque no se atrevía a tocarla. Xleiros no había cruzado el círculo de ceniza y permanecía de pie, más contenido que su compañero.

—Estoy despierta —murmuró, y lo repitió varias veces—. Estoy despierta.

No regañó a Licos por cruzar el círculo de ceniza, ya no importaba. Rechazó sus solícitas manos, se incorporó y miró a su alrededor, todavía algo confusa. El laboratorio no había estallado en llamas, el libro permanecía en el atril, la marmita hervía al fuego, el círculo de ceniza seguía rodeándola… nada había cambiado. Suspiró resignada. Incluso la destrucción total hubiera sido mejor, señal de que la magia había actuado aunque ella no hubiera conseguido controlarla. Así era como si el conjuro nunca hubiera sido pronunciado. Había fracasado.

Se levantó y con pasos inseguros se acercó al atril para repasar el conjuro. No lo entendía, todo era correcto. Cada sílaba había sonado perfecta. Se volvió hacia sus ayudantes, pero no creía que el fallo estuviera en ellos. Tenía que ser ella. Licos y Xleiros continuaban quietos, sin saber qué hacer, evitando mirarla a los ojos, conscientes como ella del fracaso. Alguien había movido la marmita y el humo estaba llenando el laboratorio, todo se veía borroso. No eran lágrimas, no, no eran lágrimas.

—Siempre te equivocas en lo más fácil —Nadelle odiaba la voz susurrante de su maestro, sus palabras de consuelo que encerraban más reproche que si le hubiera dado una reprimenda. Esa iba a ser la última vez, se había dicho, pero siempre había una más, y otra. Los pequeños éxitos no podían compensar los fracasos.

—No lo soporto, odio fracasar. —ella lo miró, sin preguntarse cómo había llegado su viejo maestro al laboratorio, ni porqué parecía haber retrocedido en el tiempo y se sentía como una adolescente impaciente. ¿Y por qué no? Nunca he sido capaz de madurar del todo.

—Hay conjuros que no desean ser pronunciados —contestó él, aunque su voz parecía venir desde muy lejos—. La magia es algo vivo, que apenas podemos controlar. A veces hay que dejarla libre y dejarnos llevar.

—Nunca he podido —se lamentó ella—. Pongo una barrera para impedir que me arrastre. Me da miedo dejarme llevar. No poder controlarla.

–Tienes que confiar en la magia.

—Sí… cerrar los ojos y abandonarme a ella —su voz sonó desafiante, aunque Nadelle sabía que no era capaz de hacerlo. Un hechicero tiene que confiar en la magia, sentirse uno con ella. Nadelle se resistía y ahora pagaba las consecuencias. Aquel conjuro era demasiado poderoso para controlarlo, tenía que haberse dejado llevar.

—No estás muerta. Respiras.

— ¿Y eso debería bastarme? Ahora podría tener el mundo en la palma de mi mano, mi nombre sería temido por todos. Y he fallado. He fallado.

Nadelle miró el libro. Había tardado muchos años en conseguirlo, había malgastado su vida en un sueño que ya no podría hacer realidad. Era demasiado tarde para intentarlo otra vez, los preparativos eran largos y costosos y ella demasiado vieja.

—Maestro —llamó, pero la imagen del anciano había desaparecido y ahora estaba sola, la habitación de pronto era demasiado grande y no era capaz de dar un paso para salir del círculo de ceniza. Se dio cuenta de que estaba tumbada en el suelo y se arrastró, intentando salir. Todo se volvía difuso. Miró a Licos, pero su rostro se había vuelto borroso. Nadelle sintió que la magia la estaba abandonando.

—Nunca la amé, realmente, sólo la utilizaba.





Dos círculos - Milkhailovich


II.

—Lleva demasiado tiempo dormida.

Licos se retorció las manos, nervioso. Xleiros se había quedado quieto, esperando y observando, pero él no podía aguantar más. Había dudado un poco pero al final sus pies habían cruzado el círculo de ceniza para acercarse a ella. No eran esas las órdenes que Nadelle les había dado. Xleiros no siempre obedecía pero él sí. Licos no destacaba, no se arriesgaba nunca, apenas avanzaba, pero para él era suficiente con haber llegado hasta allí. Era el ayudante de una poderosa hechicera y no la envidiaba como sí le sucedía a Xleiros. Para Licos era un placer trabajar al lado de Nadelle. No había nada que ella no conociera, nada que no quisiera investigar. Ella lo regañaba cuando se divertía con la magia pero ¿Cómo podía no hacerlo? Si Xleiros era siempre todo control, a él le gustaba dejarse llevar.

Se arrodilló a su lado, intentando incorporarla, pero Xleiros se lo impidió con un gesto, Licos asintió, le preocupaba pero sabía que era peligroso despertar a alguien de un sueño mágico.

—Siempre te equivocas en lo más fácil —dijo Xleiros y Licos se encogió de hombros. No podían hacer mucho más que esperar.

— ¿Qué crees que ha pasado? —la voz casi no le salía de la garganta, pero Xleiros lo oyó.

—Hay conjuros que no desean ser pronunciados —Xleiros recitaba una lección aprendida-. La magia es algo vivo, que apenas podemos controlar. A veces hay que dejarla libre y dejarnos llevar.

Licos tragó saliva, en aquel momento nada de lo que conocía le parecía seguro.

—Tienes que confiar en la magia.

Licos asintió de nuevo. Confiaba, o eso creía él, se dejaba llevar. La amaba. Pero solo quería sus caricias de amante, no el poder que podía proporcionarle. Es más fácil dejar que sean los otros los que arriesguen. Yo espero el resultado. Juego mientras ellos arriesgan.

— ¿Y si ha muerto? —pensó, pero no se atrevió a decirlo en voz alta, miró a Xleiros, ninguno de los dos se atrevería a tocarla.

—No está muerta. Respira.

Licos suspiró y cerró un momento los ojos. La magia parecía rodearle y era más poderosa que nunca. No entendía lo que había pasado, pero de pronto sintió que no lo necesitaba. Se dejaba llevar. Abrió los ojos y vio a su compañero de pie, ahora borroso, como si hubiera bebido tanta magia que se hubiera emborrachado. Nadelle reposaba en el suelo, Licos dejó de mirarla y se puso de pie, tambaleándose, como si las piernas ya no pudieran sostenerle. Abrió los brazos y dejó que la magia fluyera de él, miles de partículas rutilantes que llenaban toda la habitación. Y él las controlaba. El conjuro era suyo. Lo tenía dentro. Sólo tenía que abrir las manos y tirar de los hilos de magia. Le obedecerían. No sabía cómo lo había conseguido pero tampoco le importaba, sólo quería disfrutar.


III.

—Lleva demasiado tiempo dormida.

Xleiros miró a Licos, que estaba más nervioso de lo que esperaba. Estuvo a punto de impedir que entrara en el círculo de ceniza pero se contuvo. ¿Qué importaba? No se había dado cuenta de nada. Él era el primer ayudante, el más capacitado y ahora el heredero. Licos nunca se transformaría en un competidor, pero podía llegar a ser molesto. Era mejor así.

En su rostro se dibujó una breve sonrisa que murió en cuanto Licos volvió a levantar la vista. Lo veía ya borroso, pero él seguía sin darse cuenta. Estaba perdiendo la voz y Xleiros contestó a su pregunta con una de las lecciones aprendidas hacía mucho. Sólo estaba ganando tiempo hasta que Licos cerrara los ojos. Sólo tenía que cerrar los ojos.

No aguantó mucho más, el cuerpo de Licos cayó junto al de Nadelle, la cabeza de él sobre el pecho de ella. La hechicera parecía inquieta en sueños, Licos en cambio parecía tener sueños agradables y una sonrisa se dibujó en su rostro. Pronto desaparecerá. Pronto seréis sombras, atrapadas en la ceniza.

Xleiros observó cómo la respiración de los cuerpos se iba haciendo más lenta, los rasgos difuminando y ennegreciendo. Licos fue el primero en reaccionar, intentando ponerse de pie, pero su nueva forma parecía inestable. Abrió los brazos. Quizás llamaba a alguien.

—Ya no puedo oírte, Licos, ya no tienes voz. Ni ella tampoco.

La otra sombra, Nadelle, parecía retorcerse sobre sí misma. No había abandonado el suelo y se arrastraba hasta los límites del círculo una y otra vez, después retrocedía. Xlerios contemplaba complacido sus esfuerzos.

—Pronto entenderás que estás soñando, sabrás que he sido yo y que no puedes hacer nada. Alégrate, Licos ni siquiera se dará cuenta.

Hizo una pausa, antes de darse la vuelta.

—Volveré, Nadelle, volveré cuando sea capaz de manejarte. Y caminaré seguro sobre el mundo con tres sombras a mis pies, las vuestras y la mía.

Xleiros se acercó a la puerta del laboratorio, las sombras quedaron detrás, ya no le oían. Se giró una última vez y vio la suya, proyectada en la pared. Le pareció que lo miraba. Se preguntó si no habría pisado el círculo de ceniza por error. Si había cerrado los ojos un momento.

Se preguntó si no estaría soñando.



Sombra: Antón Goyanes


miércoles, 25 de noviembre de 2009

Calabazas

Por una vez, vengo a contar una buena noticia. Me han seleccionado para la IV Antología de Calabazas en el trastero: Tijeras.

Hoy llevaba un día espantosamente horrible, mucho más horrible de lo habitual. Llegué a casa muy tarde, cansada, deprimida, encendí el ordenador, eché un vistazo a ver si había salido ya el resultado del Calabazas y sí, ahi estaba yo, en medio de la lista.

Me sorprendí mucho, no me lo esperaba, lo leí varias veces porque no me reconocía, estoy tan acostumbrada al nick que el nombre real no me parece el mío, pero lo era. Y era el título de mi relato. Era yo.

Este fue un relato al que le di muchas vueltas, lo reescribí varias veces sin llegar a estar completamente convencida de que estaba bien. Incluso estuve a punto de no mandarlo, es curioso como un relato del que me he sentido tan insegura ha llegado a gustar mientras que otros que me han dejado más satisfecha no han llamado la atención. Me pasó lo mismo con el relato que quedó finalista en el concurso de los Espejos de la Rueda, otro relato que no me terminaba de convencer y que también gustó. Desde dentro se ven las cosas distintas a como se ven desde fuera.

Me siento ahora mismo como una nube, feliz, he hecho algo que ha merecido la pena. No sé si puedo colgar el relato o no, lo preguntaré. Tengo pendiente de todas formas colgar el del TDL, intentaré actualizar pronto.

Gracias a los que estáis por aquí y me léeis.

lunes, 16 de noviembre de 2009

De críticas y fracasos

Este ha sido un fin de semana de fracasos. Fracaso literario tras los desastres del Teseo y el Tierra de Leyendas, fracasos roleros después de las dos sesiones decepcionantes de estos dias, de las que tal vez os hable mañana. Busco aficiones que me hagan olvidar los problemas y al final no me dan más que disgustos. En fin.

Lo bueno de los concursos que menciono arriba, fallados con jurado popular, son los comentarios a los relatos. Soporto las críticas relativamente bien, la gran mayoría me hablan de fallos que ya conozco o que veo claramente después de que me los han señalado. Si sé donde esta el fallo se puede corregir, los aciertos te dejan satisfecha pero es de los fallos de donde se aprende.

Hay críticas que sí duelen, las que me acusan de no trabajar los textos. No entiendo cómo se puede despreciar así el trabajo de una persona que no conoces, sin saber cuántas horas le ha dedicado ni el trabajo que le ha costado hacer eso que se desprecia con tanta facilidad.

Los turnos en las partidas de rol apenas los trabajo, los escribo al momento y los cuelgo, todo va sobre la marcha, sin pensar demasiado, dejándome llevar. Alguno lo trabajo un poco más y lo reescribo si el efecto conseguido no me termina de gustar, me pasa algunas veces, cada vez más, quizás, pero eso es otra historia.

Los relatos sí los trabajo, puedo tirarme un mes para escribir un triste relato de tres páginas. Reescribo, retoco, cambio las comas de sitio, le doy vueltas y más vueltas a los finales que siempre me cuestan más. Pueden ser mejores o peores, los fallos están ahi y muchas veces los veo y tiro la toalla o siento que al reescribirlo lo estoy estropeando más.

No elegir las palabras adecuadas no significa que les tenga miedo, que haya cosas equivocadas no significa que no haya intentado corregirlas, que el resultado final sea mediocre no significa que no haya mucho trabajo detrás.

domingo, 15 de noviembre de 2009

[Relato]¿Por qué llora Medusa, La Gorgona?

Este relato lo escribí para el III certamen de Microrrelatos Teseo, que terminó ayer (mejor no os digo en qué puesto quedé, un desastre). El certamen consistía en escribir un microrrelato contestando a la pregunta: ¿porqué llora Medusa, la Gorgona? Y esta fue mi respuesta.


Medusa - Arnold Böcklin


UNA HEBRA DE PELO


Todos los días sentía cómo las serpientes que nacían de su cabeza tiraban de ella, se agitaban en un baile eterno intentando escapar del cráneo que las apresaba. Medusa notaba los tirones, sentía cómo la arrastraban hacia las ramas de los árboles donde podían enroscarse para intentar alejarse de ella. Aguantaba las sacudidas porque al final siempre cedían y volvían a agitarse alrededor de su cabeza.

Cuando sus cabellos dormían sentía el peso muerto de las docenas de serpientes cayendo en cascada sobre su espalda. Los sueños de las serpientes a veces poblaban sus noches de vigilia ¿o eran suyos los sueños? Medusa veía un mundo donde huir, un lugar donde arrastrarse lentamente sobre la tierra seca, buscando piedras bajo las que esconderse. A veces se tendía sobre la hierba húmeda del jardín y ellas intentaban alejarse. Medusa entonces dejaba escapar alguna lágrima cuando sentía los fuertes tirones, porque dolía, porque tanto ellas como las serpientes estaban atrapadas y no podían escapar.

Aquella tarde su cabello estaba dormido y pesaba, Medusa paseaba por el jardín con la cabeza baja y muy quieta para no despertarlas, alguna se agitaba en sueños y siseaba. Medusa pasó junto a un viejo y retorcido olivo y una de las serpientes se enredó, por casualidad, entre las ramas. La serpiente no despertaba. Medusa intentó desenredarla pero no podía. Sentía el tirón en su cabeza. El dolor era intenso, pero lo aguantaba, redobló su esfuerzo pero la serpiente parecía enroscarse cada vez más en aquella rama, abrazándola con fuerza. Medusa entonces la miró y la soltó. Abandonó sus esfuerzos para que se soltara y lo que hizo fue tirar y tirar de ella, intentando desprenderla de su cráneo, arrancarla de cuajo y darle la libertad que ansiaba. Aguantó el dolor, ignoró las gotas de sangre que comenzaron a resbalar por su frente. Tiró, una y otra vez, y al final la serpiente se desprendió de su cabeza.

La serpiente aflojó el abrazo que la unía a la rama y cayó al suelo, muerta.

Medusa la miró, la sangre ya no resbalaba por su frente, notaba cómo la herida de la cabeza comenzaba a cerrarse y una nueva serpiente, pequeña y débil todavía, comenzaba a brotar de ella. Entonces se agacho junto a la serpiente muerta. Y lloró.

martes, 3 de noviembre de 2009

[Relato] El vino de Hargoth

Escribí este relato hace ya algunos años, como novedades hay pocas últimamente, aprovecho y lo recupero. Está ambientado en Dragonlance, aunque aparte de la referencia a Morgion, dios de la enfermedad, podría estar ambientado en cualquier otro sitio.



EL VINO DE HARGOTH


A veces echo de menos sus ojos, cálidos y expresivos, oscuros como el vino de Hargoth. Ojos que me miraron con miedo y con respeto, preguntándose por qué yo continuaba en pie y él no. Tocó mi piel con sus dedos ásperos y sintió la fiebre recorriendo mi cuerpo; las marcas de la enfermedad que nos corroía no eran ronchas secas en mi piel sino pústulas vivas, tan supurantes como las suyas. Y no lo comprendió. No, no lo comprendió.


Deliraba, con ese delirio que te deja abrir los ojos aunque no puedes entender nada de lo que sucede a tu alrededor. Hablaba en susurros, comentarios incomprensibles, absurdos, me pedía que moliera el trigo para llevarlo al mercado, hablaba de cosechas imaginarias cuando en nuestra tierra hacía tiempo que no creía nada. Me decía que me cuidara y acariciaba mi vientre donde tú estabas, vivo, más vivo que nosotros aunque aún no hubieras nacido.

La comadrona vino a vernos una tarde, era una mujer enorme, oronda, con el pelo blancuzco y grasiento y la boca cubierta con un pañuelo. Me dijo que no nacerías, que si llegabas a nacer de mi vientre saldría un monstruo deforme y enfermo, pero yo sabía que no era verdad. Me lo habían prometido. Ella miró con codicia el medallón que colgaba de mi cuello. No sabía qué era. Ya nadie recordaba a los antiguos dioses, no sabía que aún estaban ahí, escondidos, riéndose de los que tan fácilmente los habían olvidado. Yo no olvidé, nunca, recordé las historias que contaban mis abuelos hablando de su infancia, en un mundo que no se había partido en dos. Recordé los nombres de los dioses verdaderos y me negué a creer que nos hubieran abandonado. Recé, sí, recé con el miedo latiendo fuerte en mi corazón. No voy a decir que pensaba en ti. Tú eras solo una molestia en mi vientre que me volvía torpe y débil. No, no pensé en ti. Pensé en mi. No quería morir.

El dios Morgion se lleva el dolor y el miedo a la muerte. Te lo quita y te deja vacía. No sientes nada aunque estés ardiendo de fiebre. El dios habló en mi mente y me conminó a alejarme de aquellas viejas paredes donde intenté crear un hogar, me habló de otros como yo, otros elegidos por el dios que se reagrupaban para servirlo y me esperaban.

Sabía que tenía que irme pero no quise hacerlo mientras él tuviera los ojos abiertos y buscara mi mano que estaba mucho más caliente que la suya. La comadrona puso a calentar unas hierbas y yo la dejé hacer, tranquila, porque sabía que pasara lo que pasara yo no iba a morir.

Me sentía fuerte, como antes de que aquella horrible enfermedad comenzara a acosarme, pero disimulé y dejé que la mujer me llevara en brazos hasta las roídas mantas que había dispuesto en el centro de la habitación. El humo de las hierbas relajaba mis sentidos y espantaba a las ratas. La comadrona dispuso pequeños cuencos con hierbas ardiendo en torno a la manta y acercó dos de ellos a mi cabeza. Aspiré el intenso aroma y miré el cuello de la mujer, oculto entre anillos de grasa. Me sorprendía que pudiera ser tan fuerte pero ella no lucía ningún medallón en su cuello. La mujer simplemente miraba codiciosamente el mío.

Llevaba semanas luchando con la fiebre y mi cuerpo se había consumido hasta parecer de cristal. Aquella mujer me cogió entre sus brazos como si yo fuera una muñeca rota y sólo mi vientre hinchado parecía escapar de la cadavérica imagen de la muerte.

-No es cierto -me dijo-, tu vientre también está muerto, no sobrevivirías al parto.

Miré hacia la cama. Él se había quedado quieto. Murmuré su nombre y volvió la cabeza, mirándome con aquellos ojos oscuros que todavía podían hacerme temblar, intentó sonreír, darme confianza, pero sus labios resecos solo consiguieron fingir la mueca. Yo sabía que estabas vivo, eras lo único vivo que sentía dentro de mi, lo único que me ataba a mi anterior existencia, lo único que me recordaba que no siempre había llevado el símbolo de Morgion en mi garganta.

El dios no reclamó tu vida. Se la hubiera dado con gusto pero no la pidió. Era otra forma de hacerme estar en deuda con él. No, pensé, pagué y pagaré por mi vida, no por la de mi hijo. Con cuidado, acerqué mi mano hasta el cuerpo de la comadrona que extendía su instrumental a mi lado. Fue la primera vez que lo hice, mi primera vez. La rocé con uno de mis dedos y murmuré una plegaria a Morgion. Sentí el poder del dios en mi interior y me sentí poderosa y fuerte. Supe entonces que nunca me arrepentiría de mi decisión.

La comadrona calentó el cuchillo en el fuego hasta que la hoja adquirió reflejos rojizos. Se acercó a mi y rajó mi vientre de arriba abajo, de un solo corte. La sangre comenzó a salir a borbotones de la profunda incisión pero a la mujer no pareció preocuparle. Con movimientos precisos y seguros, la mujer introdujo sus manos en mis entrañas y te arrancó de ellas.

Eras una masa informe, rodeada de coágulos de sangre y con el cordón umbilical enroscado en torno a tu cuerpo. La comadrona lo cortó con el mismo cuchillo y te dejó en el suelo, a mi lado, para cerrar sin demora la herida abierta.

Mi cuerpo no hubiera soportado un parto, decía ella, pero quizás tampoco soportaría la brutal herida que me había inflingido. Te miré con odio. Me habías destrozado, habías consumido mi cuerpo tanto como la enfermedad, te habías alimentado de él y me habías dejado seca. Incluso te habías llevado la sangre que me quedaba al salir de mi. Y, sin embargo, estabas vivo.

Tu respiración era débil, entrecortada, parecía detenerse completamente para luego continuar. ¿Cómo iba a amamantarte con mis pechos secos? Di un manotazo para apartar a las ratas que se acercaban de nuevo al olor de la sangre y te acerqué a mi cuerpo. Estabas frío. O tal vez era que yo estaba ardiendo. La comadrona terminó de cerrar la herida y me miró con expresión satisfecha. Había hecho un gran trabajo. Me había salvado la vida. Tú no ibas a matarme, hijo mío, sólo me mataría la enfermedad. Pero ella no podía esperar. Había trabajado bien, quería cobrar por sus servicios.

Sentí el tirón en mi cuello cuando intentó arrancarme el medallón. Sentí un dolor mucho más intenso que cuando tenía las entrañas abiertas, era un dolor que atravesaba el alma y que me hizo reaccionar. Con una fuerza que a mi misma me sorprendió agarré la mano de la mujer y la retorcí hasta romper los dedos que atrapaban el sagrado símbolo que me había salvado la vida. De un manotazo la empujé y la oronda comadrona perdió el equilibrio y cayó, haciendo temblar el viejo suelo de madera bajo su peso. Tú empezaste a llorar. Yo me levanté y la sangre que aún goteaba de la herida resbaló por mis piernas formando caminos que se extendieron al suelo.

Quemaba. La sangre quemaba y yo cogí la cabeza de la comadrona y restregué su rostro contra mi vientre hasta que las quemaduras la hicieron gritar. Empecé entonces a entonar un cántico que no sabía que conocía, mi garganta estaba tan seca que salió como un estertor, las palabras no eran mías aunque las estaba pronunciando, el medallón emitía un brillo amarillento, enfermizo. La voz del dios habló por mi.

La solté y la dejé llorando en el suelo. Me volví a buscarte, mi pequeño hijo maldito, tan pequeño, no pesabas nada, te recogí y te llevé a la cama donde tu padre agonizaba entre sudores y pesadillas.


La comadrona intentó limpiarse el rostro con el delantal pero las quemaduras habían creado líneas oscuras en su cara. La mujer se levantó y me miró un momento, sin comprender nada.

En su rostro, bajo la piel quemada, se veían ya las señales de la peste. En sus manos, sus brazos, en todo su cuerpo la fiebre comenzaba a estremecerla. Ella sabía lo que le estaba pasando. Llevaba demasiado tiempo combatiendo la enfermedad para no reconocer sus signos. Gritó y me llamó maldita. Pero ella no se postraría en una cama, no agonizaría durante días. Moriría en cuestión de horas entre dolores atroces, el tiempo suficiente para que sufriera, el tiempo justo para que yo pudiera verla morir.

Intentó escapar, salir por la puerta, como si al salir de la casa pudiera escaparse de la mano del dios. Vi como se desplomaba junto al umbral, llorando, mientras su cuerpo robusto se consumía y su piel se desprendía ante sus ojos.

Morgion estaba complacido. Tu padre, cansado por la fiebre y el dolor, se sumió en un sueño tranquilo. Tu dejaste de llorar. Tu padre había cerrado los ojos y yo miré los tuyos buscando su sombra en ellos. Pero tus ojos son dos saetas verdes, como los míos, y no vi el reflejo del calor de tu padre en ellos.
A veces echo de menos sus ojos. Podía hablar con ellos cuando la enfermedad le quitó la voz. El hogar que había intentado crear estaba en sus ojos. Los abrió, por última vez.

Me miró.

Te miró.

Te miró y yo te odié.

Salimos de la casa aquella misma noche. Te envolví en trapos y nos fuimos de allí. Te dejé en medio del camino. No me importaba saber si alguien te encontraría o no. Tú destino no era el mío. Te di la única herencia que podía darte, la señal de Morgion. No morirás como murió tu padre. Era lo único que podía hacer por ti.

No te pareces a él. Te pareces a mi. Eso me da miedo. No esperaba encontrarte de nuevo. En mi interior, deseaba que hubieras muerto. Despiertas recuerdos que ya estaban dormidos y, sin embargo, no puedo evitar venir a verte, aunque tú no sepas quien soy ni lo sabrás nunca.


Mis ropas andrajosas no te impiden servirme vino de Hargoth cuando ves las monedas sobre la mesa, aunque no me tocas. Sin embargo, a veces, te he visto mirarme a los ojos
 
 
 
 
 
Picasso - Copa Verde
 
Nota: La primera imagen la saqué de un concurso de pintura y no conozco al autor. La segunda imagen es La mirada, de Odilon Redon

jueves, 15 de octubre de 2009

El Ritual de Calistria

Mi personaje en la partida La Maldición del Trono Carmesí, Fahleena (noble1/clériga10 de Calistria) ha recibido una maza bendecida por dos diosas: Desna y Pharasma. El personaje desea que la diosa a la que sirve también le otorgue su bendición a la maza, para ello realiza un ritual que tiene como finalidad conseguir que la maza tenga la apariencia de un látigo, que es el arma de Calistria. Además la diosa (a través de nuestra maravillosa y generosa master) le concedió también a la maza la propiedad "Vengadora". Os dejo aquí el ritual.





Le prestaron una habitación para que llevara a cabo el ritual. Era pequeña y aún conservaba el aroma de los que habían estado antes en ella honrando a Calistria. Dos jóvenes acólitos la acompañaban y la ayudaron a encender los incensarios que no ocultaban, sino que resaltaban los olores de la habitación.

El roce de uno de los acólitos fue suficiente para encender sus sentidos. Le parecían suaves y sofisticados después de los rudos shoantis y buscó ella misma los roces que no eran casuales y que se iban haciendo más atrevidos.

Le habían prestado una túnica muy fina tejida con hilos gualdos, se había bañado con agua perfumada, un placer que había echado mucho de menos cuando se aseaba con tierra con el desierto. Se sentía rara sin la armadura puesta, en cierto modo libre pero también la echaba de menos.

-Es la responsabilidad, lo que pesa –se dijo y caminó hacia la mesa cubierta de fino encaje dorado que habían colocado en el centro de la habitación. Colocó la maza sobre ella. La maza de Coja, la maza de Alika, ¿se recordaría alguna vez como la maza de Fahleena?

La contempló un momento, un rayo de sol se colaba por las rendijas de las ventanas cerradas y la iluminaba. Los acólitos terminaron de encender las velas y se acercaron a su lado, uno de ellos le tendió la máscara de cera. Fahleena la sostuvo entre sus manos mirándola. Era su rostro pero no era ella. La máscara de las ilusiones de Calistria, la apariencia de lo que no es.

Siempre había honrado los tres aspectos de Calistria, tanto el ardor del deseo erótico como el ardor de la venganza habían latido en ella alguna vez. Eran sentimientos que la encendían y aceleraban su corazón. El engaño en cambio era más amable, era el deseo de no hacer daño, de hacer feliz a la gente haciendo que oyeran lo que deseaban oír. Cubrió su rostro con la máscara de cera.


-La verdad duele demasiadas veces. Yo misma no soy capaz a veces de mirarla a la cara. Es mejor olvidar lo que hace daño, engañarse pensando que no existe el dolor. Yo lo he hecho durante un año, hasta que vi el espíritu de Zhanas delante de mí, pero me sigo poniendo la máscara para decir que he olvidado y que no echo de menos mirar a los ojos a alguien que me quiere.

Esparció dorados pétalos de caléndula alrededor de la maza. Una avispa entró por la ventana abierta y comenzó a revolotear sobre su cabeza. Fahleena era consciente del zumbido, pero cogió el medallón de Calistria con ambas manos y se concentró para establecer comunión con su diosa.

-Mi señora –rezó-. Hoy busco tu favor, tu señal de que el camino que estoy siguiendo es el correcto. Mis pasos me han llevado a las puertas de otras diosas, he comido con las hijas de Desna, he probado el sabor de los espíritus que no adoran a nadie, acepté la protección de un siervo de Pharasma. He conocido y he buscado. Y hoy vuelvo a tu seno porque ya no sé si mis pasos son los apropiados. Si mis deseos coinciden con los tuyos. No me has negado tu ayuda y tu favor y hoy doy un paso más y te pido tu bendición. Si mi camino es tu camino. Si deseas que mi arma sea guiada por tu mano, que sea tu divina furia la que salga de mi corazón cuando azote a mis enemigos con ella.

Fahleena
se quitó la máscara, sus manos no temblaban. La colocó sobre la maza, uno de los acólitos encendió una vela y la puso sobre la mesa, la avispa daba vueltas ahora alrededor de la llama.

-Uso dones de otros dioses. Acepto la ayuda que me han dado y los respeto, pero a quien sigo es a ti, Calistria, y es tu bendición la que deseo. ¿Qué importa que ellas estén detrás, si es a ti a la que van a ver?

El
humo había llenado la habitación, las velas se consumían, los roces casuales de los acólitos se habían convertido en manos atrevidas que la excitaban, la avispa zumbaba ahora a su alrededor, la plenitud espiritual se alcanza a través del cuerpo, pero a través del goce y no del ayuno ni del dolor.

Fahleena se desasió suavemente de las manos de los acólitos y avanzo hasta la mesa. Su cuerpo palpitaba con sus sentidos excitados en presencia de su diosa. Todo se había difuminado de pronto. Notaba cómo los acólitos se movían por la habitación rellenando los incensarios, la avispa no dejaba de revolotear en torno a su cabeza. Miró por última vez la máscara que representaba su rostro. La máscara sonreía aunque ahora sus labios estaban prietos. Cogió la vela y derramó una gota de cera sobre la máscara. Se retiró unos pasos y esperó.

La avispa no dejaba de zumbar y el sonido la perturbaba, el corazón de Fahleena se aceleraba, ahora sí sus manos comenzaron a temblar. Entonces la avispa se posó sobre la máscara, caminó sobre la recta nariz y recorrió la sonrisa hasta quedar posada sobre el mentón. Fahleena cayó de rodillas al suelo, con la cabeza baja y los ojos emocionados.

La avispa continuó su recorrido y saltó hacia la maza, se quedó muy quieta sobre ella, como si algo en ella la perturbara. Los acólitos habían vuelto a su lado y también se habían arrodillado pero ella no los veía. Cuando levantó la cabeza sólo miraba la máscara, fundiéndose, derritiéndose sobre la maza, hasta que el arma quedó cubierta por un líquido pegajoso y caliente.

-Que mi rostro sea tu rostro, que tú símbolo sea mi símbolo. Que lo que vean sea lo que tú deseas, que sea tu nombre el que acuda a la boca de todos. –murmuró, reverente. La avispa levantó el vuelo. Sobre el paño dorado se veía descansando un látigo que sólo conservaba de la apariencia de la maza de Alika el mango.

Fahleena tragó saliva antes de acercarse a él. Su mano se alargó hasta el arma bendecida por la diosa y la tomó en sus manos. La maza de Alika volvió a mostrarse en cuanto ella la enarboló, mientras no atacara con ella su apariencia era la de un látigo ritual de Calistria como el que solía llevar habitualmente.

Se sentía emocionada. La diosa la había bendecido. La avispa revoloteaba ahora alrededor de la vela que ninguno de los acólitos se acercaba a apagar. Uno de ellos se acercó y la abrazó por detrás, besándola suavemente en el cuello.

-La diosa te ha bendecido, debemos honrarla.

La excitación del ritual dejaba paso a otra más física, Fahleena se dejó llevar por su instinto, en plena comunión con su diosa.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Amanecer

Friedrich: Morning








Aquella mañana Albert se levantó muy temprano; casi no había podido dormir y se había pasado la noche dando vueltas en la cama con los ojos abiertos. Por última vez miró el reloj que descansaba en su mesilla de noche y se incorporó mirando hacia el balcón abierto por el que ya empezaban a entrar los primeros rayos del sol. Albert se dirigió hacia el balcón y apoyó las manos en la negra balaustrada que lo separaba del vacío. ¿En qué pensaba? Tal vez alguna de vosotras lo sepa o pueda adivinarlo. Yo no. Yo nunca he entendido a Albert, para mí siempre ha sido alguien distante y lejano: un rayo de sol en medio de una bruma blanca, recién salido de un sueño.

La habitación de Albert estaba orientada hacia el este, hacia el amanecer. El oriente es el lugar de la magia y el nacimiento. El oeste es el ocaso, lugar de brujería y muerte. Albert sintió los primeros rayos de la mañana acariciando su rostro y tembló, porque el sol era todavía débil y no calentaba. Sucumbiendo a un impulso irrefrenable, apoyándose en los negros barrotes de hierro forjado, Albert saltó al vacío y casi en el último segundo se agarró con fuerza a las enredaderas que recorrían la fachada de la mansión Andrey. Su mansión. Las pequeñas ramas y finas agujas verdes que se retorcían en las paredes traspasaron su liviano pijama y rasgaron su carne pero él descendió a toda prisa, sin notarlo siquiera, sin mirar sus manos arañadas ni su pijama rasgado. De un salto llegó al suelo y empezó a correr como si intentara ganar al viento. Albert corrió, alejándose de las blancas paredes de su hogar, corrió hasta que sus pies descalzos se adentraron entre los árboles del bosque cercano y su casa se perdió en la distancia.

Picabia - Amanecer en la bruma







Albert no miró atrás, ni a su alrededor. Sólo corrió extendiendo los brazos para abarcar el bosque con ellos; acariciaba la rasposa corteza de los árboles al pasar junto a ellos y sentía las cosquillas de las hojas nuevas al rozar las palmas de sus manos. No le preocupó andar descalzo sobre la alfombra verde y tostada que cubría el bosque, el suelo estaba todavía húmedo por las gotas de rocío y las hojas de los árboles resplandecían como si estuvieran llenas de pequeños espejos. A Albert no le importó dejarse caer al suelo cuando estuvo agotado ni que una atrevida ardilla mordisqueara los botones de su pijama. Albert se quedó allí, tendido en el suelo durante largo rato, mirando el sol que se filtraba cada vez con más intensidad entre las copas de los árboles y que, ahora sí, calentaba su cuerpo como el abrazo de una mujer amada. No sé en qué pensaba. Tal vez, de uno de sus ojos, salió una furtiva lágrima.

El sol estaba ya en lo alto del cielo cuando Albert oyó los pasos acercándose. Se había quedado dormido allí, escuchando los pájaros del bosque. Los pasos rompieron la magia, invadiendo aquel refugio secreto que se había construido con sol y música. Y Albert cerró de nuevo los ojos, porque sabía a quien pertenecían aquellos pasos desmañados.

Cuando George llegó hasta él, vio a su joven amo sucio y desaliñado; con la cara manchada de tierra, el pijama desgarrado y el cabello enredado entre las hierbas del bosque. Parecía surgir de la misma tierra, ser parte de ella, mientras que los zapatos de George eran dos agujeros negros que aplastaban las flores.

-Señor ¿Estáis bien? Os hemos estado buscando toda la mañaña. ¿Qué hacéis aquí?

Albert no estaba dormido pero no abrió los ojos. Sentía la sombra de George encima de él, tapándole la luz del sol. La sombra, la responsabilidad, el futuro. No sé en qué pensaba pero, tal vez, puedo entenderlo.

Albert abrió los ojos y miró a George sin moverse. Sus labios se entreabrieron para contestar y murmuró:

-Sueño.

Sol LeWitt

lunes, 21 de septiembre de 2009

[Rol]La muerte de Luana

Elfa Druida. Nivel 2










He muerto. Lo sé. Los golpes ya no me duelen... ni siquiera sé donde estoy ahora. La habitación ha desaparecido y floto en la nada, sin cuerpo, el alma desnuda que todavía busca ese cuerpo del que la han arrancado.

Creí que tenía todo el tiempo del mundo y ahora estoy muerta. Todo se ha quedado a medias, he fallado al círculo druídico que confiaba en mi, al bosque que dependía de mí. Un pobre perro cojo y apaleado ¿qué será de ti ahora? No me preocupo por Sotty, valiente tejón que me ha acompañado siempre, Sotty sabe cuidarse solo.

Ahora emprenderé el viaje, aunque no sé hacia donde. Los brazos de Pharasma me esperan en alguna parte. No siento miedo, sólo pesar. He fracasado.

Hubiera deseado poder salvar el mundo y ver la primavera en el bosque, ver un hijo mio crecer, ver mi reflejo en los ojos del resto de los miembros del círculo cuando me aceptaran como uno de ellos. Nada de eso pasará ya jamás, el tiempo no es eterno y se trunca en cualquier momento. Espero que Sotty llegue hasta el círculo y les cuente lo que ha pasado para que manden a otro en mi lugar. Alguien mejor que yo, que no se distraiga y se concentre en lo que tiene que hacer, que no piense que el tiempo es eterno, que sepa resistirse a esta ciudad maldita que se te mete en la venas. Yo he fracasado. Yo pensé que tenía todavía mucho tiempo.

Lo primero que sentí fue cómo se cortaba el vínculo con Sotty. Fue más doloroso que el último golpe. La sensación de que algo dentro de mi se había partido, un trozo de mi alma se ha quedado con él. Ya no siento su presencia, su seguridad y confianza a mi lado. Y me di cuenta que estaba muerta, realmente muerta. No sé lo que harán ahora conmigo, en esta ciudad horrible. Me enterrarán como a Rose, supongo, y se emborracharán gritando mi nombre. Ojalá alguien me lleve al bosque. No desearía que me enterraran aquí.

Una tumba bajo un álamo, a la sombra, donde los osos se acerquen y se sienten sobre la tierra, donde mi cuerpo se descompone poco a poco. Sotty no los dejará, me seguirá cuidando, como siempre, pero yo ya no lo sabré.

Lo peor de estar muerta es no sentir. La hierba mojada bajo mis pies descalzos, el canto de los pájaros, el sabor de las bayas recien cogidas, el calor del sol en la espalda, la suavidad de un beso... todo eso ha desaparecido y ya son sólo recuerdos ¿los perderé? ¿se irán descomponiendo poco a poco como mi cuerpo en la tumba? Mi error fue no aceptar que no estaba preparada, que no era capaz de llevar a cabo la misión que me encomendaron, me falta humildad, saber ceder el paso a los que sí saben, quería ser la heroína, lo deseaba tanto, que me miraran con una sonrisa en los labios, orgullosos de mí. Hacerles felices a todos. He fracasado y ahora estoy muerta, estoy muerta. Lo sé.

No hay tiempo, nunca lo hubo. El tiempo se trunca y no te da opciones. No te deja terminar lo que has empezado. No tiene piedad. Quizás encuentre a mi hijo entre los brazos de Pharasma, aquel niño que no pudo crecer.

Mi alma recuerda mi cuerpo y quiere andar, busca los brazos y las piernas, busca los ojos, quiere ver, tocar. Nadie viene a decirme cómo avanzar. Estoy sola, triste y confusa. El alma quiere llorar, pero ahora solo puedo recordar. Es lo único que tengo, y no sé por cuanto tiempo. Quizás ahora sí tengo todo el tiempo del mundo. Quizás se trunque todo en un momento y deje de recordar que he fracasado.

lunes, 10 de agosto de 2009

[Reseña] Cosecha Roja - Dashiell Hammett

-De manera que ése es el método científico de trabajar que tenéis los detectives. La verdad, considerando que eres un tipo gordo, cuarentón, que no se casa con nadie y testarudo, tienes la manera de trabajar menos concreta de todas las que conozco.

-Los planes están bien algunas veces. Y otras, lo que está bien es simplemente remover las cosas; está bien si eres lo suficientemente duro para sobrevivir y conservas bien abiertos los ojos para poder ver lo que te interesa cuando sale a la superficie.


Poisonville, el retrato de una ciudad envenenada. Y lo importante no son las luchas entre gansters ni los asesinatos, venganzas y traiciones que vemos a lo largo de la novela, sino ver cómo el veneno va penetrando en el protagonista hasta que parece que la ciudad realmente le domina. Quería limpiarla, enfrentando a los distintos bandos, pero no es fácil hacerlo sin macharse las manos. Es levantarte una mañana y saber que no has asesinado, pero que habrías podido hacerlo.

La trama avanza a trompicones, escenas sueltas que lo que conforman es un retrato de los personajes más que una trama bien enlazada, como diminutos cuentos cortos alrededo del mismo tema. Dinah, la femme fatal que no sabes si es buena o mala, sólo que es avariciosa, manipuladora y tramposa, y que nos hace sonreir cada vez que aparece. El Susurro, leal con sus amigos hasta que dejan de serlo, el comisario corrupto destrozado por una venganza, el Detective de la Continental, extranjero que poco a poco va sintiendo como el veneno de la ciudad corre por sus venas.

Como novela me parece mal estructurada, pero cargada de una fuerza y una intensidad poco común. Hammett nos muestra personajes reales y vivos. La tragedia se masca en el aire, pero nos la muestra con un gran sentido del humor.

-Queréis que os deje en paz. Yo también lo quise antes. Y si me hubieráis dejado tranquilo, quizás a estas horas estaría en el tren camino de San Francisco. Pero no me dejaron. Sobre todo, no me dejó ese gordinflón de Noonan. En sólo dos días ya han tratado de mandarmeal otro barrio dos veces. Dos veces son muchas veces. Ahora me toca a mí ir a por él hasta dejarle hecho tiritas, y eso es, exactamente, lo que voy a hacer. Poisonville ya está madura para la cosecha. Es un trabajo que me gusta y lo voy a hacer.



El viñedo rojo -Van Gogh

miércoles, 5 de agosto de 2009

[Reseña]Lilith - J.A. Cotrina

Me recomendaron que leyera este relato corto antes de empezar Las fuentes perdidas, para tener más claro como era el mundo en el que Cotrina desarrollaba la novela. Y me he encontrado con un texto con una estructura fascinante.

A semejanza de un caleidoscopio, vemos distintos fragmentos sin aparente conexión entre ellos hasta que, a medida que avanza la historia, empiezan a relacionarse y comenzamos a entenderlos. No es un relato sencillo. El autor juega con muchos conceptos, mete muchas ideas que a veces se complementan, unas explican a otras o al contrario, confunden mientras no sabes qué está pasando. Juega con la idea de leer entre líneas y hace muchos guiños al lector, poco a poco Cotrina va desarollando un universo sugestivo donde todo está ahi, pero aún no lo vemos, o quizás no está y sólo lo soñamos.
El relato está escrito en un tono que pretende quitar dramatismo a una historia dramática, el protagonista nos va contando deja atrás su fracaso y su vida para forma parte de ese otro lado que va descubriendo por casualidad.
La historia de Alfredo se basa en la casualidad, la curiosidad y la imposibilidad de coronar lo que desea. La de los dexar, por el contrario, no hay curiosidad en ellos, aceptan las cosas como vienen, sólo la casualidad puede llevarlos al otro lado del lago, casualidad que se presenta como un peligro, como si Alfredo hubiera conseguido llegar al país de los sueños dejando atrás la realidad y los dexar vivieran en un sueño y cruzar el lago los despertara a la realidad.
La casualidad está presente a lo largo de todo el relato y es quizás el concepto en el que el autor más incide, a veces se presenta como una amenaza y otras simplemente como una secuencia que lleva hasta un fin.


Podéis leer el relato aquí.

jueves, 30 de julio de 2009

[Relato]La orilla del mundo

Otro de los relatos inéditos que tengo pendientes de colgar. Por este me dieron una mención honorífica en el concurso de relato corto de Los Espejos de la Rueda de este año. Espero que os guste, es un poco más largo de lo habitual.

La orilla del mundo

Tercer día, al amanecer

A veces tengo miedo. Aprieto entonces los labios, me atuso el bigote y sigo adelante. Es lo que hacemos los Xhardos. Siempre adelante, sin mirar atrás. Detrás solo quedan ruinas, muerte, edificios hundidos en la tierra. Nuestra pequeña ciudad ha sido invadida por un mar que ha surgido de las entrañas de la tierra. ¿Y ahora? ¿Qué va a ser de mí ahora?

Me miran. Todos me miran. Les doy la espalda y me pongo a contemplar el horizonte, como si supiera qué hacer, como si estuviera trazando planes, buscando soluciones, aunque lo único que hago es intentar no sentirme incómodo. No es nada fácil. ¿Qué habrá más allá del mar?

Los heridos gritan. Se lamentan porque nadie viene a calmar su dolor. Las brujas hacen lo que pueden para ayudarlos pero son muy pocas y apenas pueden hacer nada por ellos. He intentado mandar mensajes a la capital imperial pidiendo ayuda, pero nadie nos responde. Nos han abandonado, lo sé. Estamos solos. En el fondo ninguno de los colonos echa de menos nuestra ayuda. Nosotros los conquistamos, los arrancamos de sus hogares y los enviamos aquí, a colonizar el confín del mundo. No eligieron y ahora los heridos nos maldicen una y otra vez en vez de rogar porque nuestro ejército aparezca al fondo de las colinas. Muchos morirán maldiciendo. Los más afortunados sobrevivirán con sus miembros amputados y nos maldecirán toda la vida. Es imposible explicarles que no hemos sido nosotros los que hemos partido la tierra en dos. Han visto los prodigios de nuestras brujas y creen que tenemos el poder para hacerlo, pero las grandes brujas del imperio no están aquí. Sólo ancianas que apenas pueden ayudar a mitigar los dolores. No merece la pena explicarles eso.

Yo he tenido suerte. Mi cuerpo no tiene ni un rasguño. Ni una mancha mi reluciente uniforme rojo y negro. Ni siquiera tengo motivos para maldecir a ese imperio que nos ha enterrado vivos en este lugar maldito, aunque quiero hacerlo. Sólo estoy cubierto de polvo.

Me doy la vuelta, doy órdenes a las cuadrillas de voluntarios que rebuscan en las ruinas de la ciudad sepultada. Todos tienen muertos allá abajo. El polvo ya ha desaparecido del aire. Han pasado tres días y la ciudad parece hundirse cada vez más. No encontraremos a más gente con vida… o con posibilidades de seguir viviendo. Casi cadáveres. Algunos me miran mal cuando lo digo. Los exhorto a buscar comida, a ayudar a los que aún están vivos. No podemos quedarnos a enterrarlos. Ya lo están. Nuestra prioridad tiene que ser ahora sobrevivir. Lo digo. Veo rostros adustos, bocas torcidas, miradas que se desvían de la mía.

No somos los únicos que hemos sufrido, cada día se acercan más personas, gente que viene de pueblos vecinos, esperanzados de encontrar a nuestra guarnición. Muchos no han podido venir. ¿Cuántas aldeas han quedado sumergidas en este nuevo mar? Pero ya no hay guarnición, ni banderas del imperio en nuestra empalizada. Todos están muertos, todos. O agonizan bajo las ruinas. Todos menos yo. Algunos me miran y leo en sus ojos que yo tengo la culpa.

Cada día miro a mi alrededor, esperando que el ejército llegue y mis superiores me releven de este ingrato cargo que nunca he querido. Al principio escuchaba, la nube de polvo parecía llegar hasta las estrellas y sólo podíamos comunicarnos a gritos. Ahora reconozco mejor las voces que las caras, es como si no tuvieran, todas me parecen la misma. Hace tres días que no duermo. No puedo. Tengo que cumplir con mi deber.

Si al menos supiera qué puedo hacer.

Alguien ha sugerido marchar al oeste, los bárbaros indígenas tienen buenos pastos. O los tenían antes de que la tierra se abriera. Siempre hemos tenido conflictos con ellos, estamos heridos y hambrientos. No parece una buena opción. Otros han sugerido hacer un barco y cruzar ese mar que no sabemos hasta donde llega. Ninguno de nosotros sabe hacer barcos, ni navegar en ellos, pero eso no parece detenerles. Ni siquiera la posibilidad de encontrar cadáveres flotando en el agua. Yo prefiero no verlos.

El este. La capital imperial.
Ninguno ha planteado esa posibilidad. Me miran con recelo cuando miro al este. Miran el escudo de mi uniforme. Sé que tendríamos que haberles protegido y no hemos hecho nada. El ejército del emperador ya tendría que estar aquí y no ha venido. No debería preocuparme más la gente que está lejos que la que tengo al lado y, sin embargo, me pregunto si habrá pasado algo, si también allí se ha abierto la tierra y la capital ha quedado sepultada por otro mar desconocido. En el fondo me alegra que no quieran marchar hacia el este. Me da miedo volver.

Me alejo de ellos y vuelvo a asomarme al mar. He llegado a acostumbrarse a su sonido, las olas rompientes arañando la tierra donde
antes cultivábamos. Sé que no me dejarán tranquilo mucho tiempo y suspiro. Torcas se acerca. Conozco sus pasos. Un panadero reconvertido en líder de nuestro improvisado campamento. Su energía me agota. Ha bajado ya mil veces, aunque no siempre consigue recuperar heridos. Una vez más, me dice, bajará una vez más y luego nos pondremos en camino. Su familia ya está fuera. Cadáveres y heridos. Sin embargo sigue bajando, sigueayudando. Nunca pierde la esperanza. Sobrevivió a una guerra, sobrevivió a la esclavitud y a este destino en el fin del mundo. Sobrevivirá siempre. Si yo hubiera muerto con lo demás no habría importando, tampoco me necesitarían.

Asiento con la cabeza, sin volverme,
tenso el cuello y endurecido el rictus de mi boca. Aparento un orgullo y una dignidad que no tengo, pero ellos no lo saben. Avanzo detrás de él. El suelo está húmedo. Quizás sea el mar, que se filtra hasta aquí, o la lluvia que empieza a caer. Todo ha cambiado. Tiembla la tierra y todo se desvanece, las ciudades, las personas. Nada nos aseguraque no volverá a temblar de nuevo.

Esta vez somos un grupo de ocho. Los miro antes de bajar. Ya lo hemos hecho otras veces. Conocemos el orden, el peligro, alguno traga saliva, otro piensa en todo lo que va a quedarse entre las ruinas. Todos me miran. Tengo que dar la orden.

Yo voy el primero. La primera vez bajé con la espada desenvainada, llevando una bruja a mi lado, pero no fueron más que estorbos. El peligro viene de los recuerdos que nos acechan, los fantasmas que dejamos atrás. Alguien señala huellas en el suelo, una rata sale corriendo de un rincón. Me tranquilizo. Si algo fuera mal, las ratas son las primeras que habrían salido corriendo. Yo no soy mucho mejor que ellas.

Ya empiezan a aparecer cadáveres. Hemos limpiado algunas zonas, enterrado a los muertos. Otras no. Somos demasiado
pocos, estamos heridos y cansados. Ya no podemos hacer mucho más. Torcas vuelve a pararse delante de cada cadáver, a pesar de que a todos los hemos examinado ya. Tengo que hacerle una señal para que no se quede atrás. Separarnos es peligroso. Soy el único del grupo que tiene entrenamiento militar. Panaderos, campesinos, herreros, alfareros, taberneros… Ese es mi ejército ahora. Encontramos las ruinas del cuartel de la guarnición. Ninguno ha querido entrar. Desviamos la vista cuando pasamos por delante. No encontraremos nada dentro y avanzamos sin mirar. Pero esta es la última vez. Necesitamos armas y no azadas de campesinos.Los apremio a entrar y ninguno se niega a hacerlo.

El cuartel ha quedado reducido a cenizas y cascotes. Hay restos de armaduras desperdigados por todas partes. Alguien las recoge “esto también nos
hará falta” dice, y no le digo que las suelte aunque estoy seguro de que no sabe cómo ponérsela. Tiene razón. Nos hará falta. ¿Qué más da que ese escudo sea alguna reliquia de familia que debería permanecer enterrada con su poseedor? Ojalá me diera igual, pero no es así. Es el entrenamiento que he recibido, ese entrenamiento que siempre he deseado olvidar y que ahora que podría hacerlo vuelve a mí con todas sus fuerzas. Me contengo para no obligar al tabernero a soltar todas aquellas cosas junto a los muertos. Mis compañeros. Mis amigos. Nos harán falta. Es nuestro deber proteger a los débiles, ayudarles a que se protejan a sí mismos. Porque somos el ejército de Xhardas, porque somos lo que queda de la ley en el fin del mundo.

Me voy alejando de ellos, oigo el sonido que hace el acero al entrechocar entre sí mientras recogen las armas de entre los escombros. Un enemigo ya nos habría emboscado. También gritan y tropiezan con
las vigas derruidas. En estos tres días he aprendido que pedirles prudencia no sirve de nada así que los dejo. Ya hemos sufrido bastante.

Avanzo entre tinieblas. La antorcha se va apagando, pero no voy a encender otra. El silencio y la oscuridad me van absorbiendo poco a poco. Ya no es la ciudad, sino una caverna oscura, húmeda. Huele a putrefacción. Avanzo lentamente, casi a tientas, cerca de allí estaban las cocinas, imposible saber dónde exactamente. Me detengo cuando siento que algo se enrosca en mi pierna yaprieta fuerte. No puedo mover el tobillo. Tardo un segundo en darme cuenta de que es una mano humana.

Dejo de moverme. La presión se afloja. La antorcha ilumina un montón de escombros en el suelo. Apenas distingo el rostro enterrado, cubierto de sangre. Tiene los ojos cerrados. El uniforme está manchado de sangre. Y vuelven los recuerdos.

Tres días antes, al anochecer

El frío de la noche, el olor a hierba húmeda. El caballo que relincha en el establo. Me envuelvo en la capa antes de salir de mi pequeña habitación. Tengo que darme prisa, mucha prisa. Los ojos me miran desde la empalizada. Un soldado adormilado en su puesto de guardia. El capitán que recorre cada puesto en la última ronda, antes de irse a dormir. La puerta está cerrada, pero he preparado un hueco en la empalizada, tras el establo, un rincón alejado de los ojos curiosos. El encantamiento de la bruja durará hasta el amanecer, sólo entonces verán la brecha y comprenderán. Ella no me hizo preguntas, sólo tuve que pagarle el conjuro. Las brujas son así. Ahora todo está dispuesto. Me alejo, me alejo. Tengo miedo. Me repito a mí mismo que no me descubrirán. No lo harán. Cabalgaré lejos.

Espero a que las luces estén completamente apagadas. Todo está ahora en silencio. Esta noche no hay luna y los bárbaros indígenas no atacarán, la guardia puede relajarse y si saludo al capitán al pasar no me mira dos veces. Torcas el panadero es el único que tiene la luz encendida, pero aún no me llega el olor del pan recién horneado. Sigo andando. No me cruzo con nadie más en el camino hacia los establos. Sólo veo sombras lejanas, no podría dar el nombre de nadie. Subo el embozo de la capa. Tampoco ellos saben quién soy yo. Sólo el color del uniforme, la forma oscura de la capa, como si estuviera envuelto en la misma noche. No tengo que preocuparme por nada, sólo de pensar si realmente estoy tomando la decisión correcta.

Me hubiera gustado poder quitarme el uniforme, se pega a mi piel como si llevara ventosas, me asfixia, me ahoga. Pero aún tengo que continuar con él unas horas más, es mi salvoconducto. Fue mi prisión y ahora es la llave de salida. Estoy tan cerca ya. Fue un error alistarme, pensar que en la frontera todo sería más fácil, la vida más sencilla, que mis problemas se solucionarían y no echaría de menos nada. La gloria no me alcanzará en este lugar perdido, sino una flecha de los bárbaros que creen que estas son sus tierras ancestrales y que no tenemos derecho a instalarnos aquí. Mi misión es proteger a estos colonos que nos miran por encima del hombro. Ellos saben que en el fondo no hacemos nada. Sabrían protegerse a sí mismos si tuvieran que hacerlo, no nos deben nada. Quizás lo que hacemos es simplemente impedir que salgan corriendo de vuelta a sus hogares, como voy a hacer yo. Pero ellos están bien, están a gusto aquí. Trabajan duro y luchan por hacer una ciudad en lo que antes sólo era un campamento. Los soldados somos los intrusos aquí, los recuerdos de un mundo que ha quedado muy lejos y que a veces parece que no ha existido nunca, un mundo para el que ellos no contaban nada. ¿Cómo podría reprocharles que no me guarden respeto? Si ven el miedo en mis ojos, si saben que me escabullo cuando surgen conflictos. Mis compañeros son más valientes, mucho más decididos, pero yo no. Quizás soy el único soldado que sueña con desertar. Soy la vergüenza del ejército imperial. Es mejor así, no tendré que pelearme con nadie por el caballo que relincha en el establo.

El establo es enorme, pero está vacío. El último caballo dormita de pie, junto a las bridas que hace tiempo nadie le pone. Aquel lugar tendría que haber estado lleno de caballos, en los alrededores debían arracimarse los carros, cargados de mercancías, de gentes que viajaran desde este confín del mundo hasta la capital imperial. Pero en realidad nadie quiere venir. ¿Quién querría? Sólo hay polvo y malas cosechas. Yo no volveré jamás. Jamás.

Un único guardia vigila el perímetro del establo, lleva el uniforme rojo y negro de la guardia imperial. Sé que no ha visto la brecha en la empalizada. Muestro la mejor de mis sonrisas y saco el odre de vino antes de acercarme, saludando. El también me sonríe. No se siente nervioso al verme. Dejo que la capa se abra y se distinga el uniforme, el mismo que el suyo. No soy un bárbaro indígena ni un hosco colono. Soy un soldado, como él. Un soldado que parece orgulloso de serlo. Al tercer trago aprovecho un descuido para noquearle y ocultarlo entre las sombras del establo. Ahora sólo tengo que coger el caballo y marcharme. Esto es lo más difícil. Ahora podrían descubrirme. No hay motivos para que monte el caballo del coronel, ni para que deje allí su carruaje y en cambio cabalgue a pelo, como un bárbaro. La idea me tienta pero cojo la silla de montar y ensillo el caballo. Atraeré la atención de los guardias que antes me ignoraban. Ahora seré algo extraño. Lo sé. Pero tengo que tranquilizarme. Todo está pensado. Todo está medido. Sé el tiempo que tengo que esperar escondido, conozco los lugares donde las sombras son más profundas y cual es el momento de apresurarme. Después sólo tengo que conseguir llegar al sendero. El caballo me durará lo suficiente hasta la primera parada de postas. O eso espero. Allí ya no llevaré uniforme, seré un viajero más. Uno de pocos, pero será suficiente. ¿Dónde iré? No puedo volver a la capital imperial. Quizás el norte. En el norte el clima es suave y los hombres amables, eso dicen. Nunca he estado en el norte. Allí estaré lejos del todo, lejos del imperio, del ejército, lejos de este maldito lugar. Lejos del fin del mundo. He soñado muchas veces con este momento. El momento de la huida. En cambio nunca he imaginado qué pasará después, si seguiré huyendo eternamente. Espero no tener que hacerlo. Sólo quiero instalarme en algún lugar en paz, donde las flechas no sobrevuelen mi cabeza, donde la tierra no tiemble cada semana, donde las órdenes no supongan la posibilidad de morir. Sé que corro un gran riesgo, que pueden atraparme, pero tengo que intentarlo. Si sigo aquí terminaré por volverme loco.

El caballo está inquieto, pero se deja poner la silla con facilidad. Hace mucho que no monto y siento un cosquilleo nervioso cuando agarro las bridas. Nos movemos. Intento reprimirlo. Tardaremos aún unos segundos más. Espero. Me siento más ligero de pronto, más etéreo, más libre, y no sé si es por el nerviosismo o por la excitación. Ya no importa. Ya nada importa. Es el momento. Me voy.

El ligero temblor de tierra parece dar alas al caballo. Relincha, pero nadie nos oye. Cabalgamos a paso rápido hacia el lugar que he preparado en la empalizada. Espero que pueda saltarlo, no debería tener ningún problema. Es un buen caballo. Saltamos y corremos, a través de los campos, pisoteando las cosechas que aún no han brotado, la tierra yerma y amarilla, llena de sombras en la noche oscura. Miro a la estrellas para buscar el camino, sé cómo llegar al sendero, y parece algo mágico cabalgar a ciegas, dejándome llevar por la pasión del caballo.

Trotamos. Hace ya horas que hemos dejado atrás los campos labrados, las casas. Tenemos que darnos prisa, antes de que salga el sol y los bárbaros aparezcan en el horizonte, acosándonos. No deben encontrarme. Quizás el ejército también salga a buscarme. El sendero está ya cerca, lo encontraré, una vez en el sendero es cosa de seguir corriendo. Y la primera parada ya no estará demasiado lejos. Noto la vibración de la tierra, parece que quiere correr conmigo. Es tan fuerte. Quizás lo noto más porque estoy sobre el caballo. Está nervioso. Corre demasiado. Corremos. Apenas puedo controlarlo. Todo pasa en segundos. Parece incluso menos tiempo. Y el sonido atronador me aturde. Vuelvo la cabeza, miro hacia atrás. Me prometí que no lo haría. Alguna pequeña luz brillará todavía. Algo. No veo nada. Lucho por detener el caballo. No quiere. No se deja. Tiro de las riendas con fuerza, pero es como si no lo notara. Tiene más miedo que yo.

Por fin nos detenemos y miro hacia atrás. Sólo hay una enorme nube de polvo que lo cubre todo. El suelo aún tiembla y me pregunto si estamos a salvo. Si ellos están a salvo. Me quedo allí, sobre la colina, esperando hasta que las luces del amanecer comienzan a verse por el oeste. La nube de polvo parece reluciente, los reflejos anaranjados del sol flotan entre ella. Sigo sin ver nada. Nuestra pequeña ciudad ha desaparecido. El confín del mundo se ha convertido en una nube de polvo.

El caballo está tranquilo a mi lado. Eso es que todo ha pasado ya. Miro a mi alrededor, estamos en lo alto de una colina, apenas veo mis manos entre la nube de polvo. Oigo rumor de agua y me sorprende ver que está tan cerca de mis pies. Tampoco puedo distinguir el camino. Todo se ha cubierto de un fango negruzco, que parece rezumar de la tierra. Espero un poco más. Dudo entre seguir adelante o volver atrás. No parece haber nada en ninguna de las dos direcciones. Me inclino por seguir hacia el lugar que aún está seco, que no está cubierto por ese légamo pantanoso. De vuelta. Si fuera valiente seguiría hacia delante, pero delante sólo hay agua. El caballo quiere volver atrás.

Lo llevo de las bridas y avanzo, dejando que mis botas se manchen de légamo. Ahora no tengo prisa, la tierra se ha abierto y mi pequeña fuga no parece tener ninguna importancia. Mis superiores no me dirán nada. Como mucho pensarán que he intentado escapar del desastre. No sabrá nadie que soy un desertor. Ya distingo figuras entre la nube de polvo. Los colonos transportando muertos. Habría sido mejor seguir a oscuras, no ver nada. Me acerco despacio pero nadie me mira. Intento encontrar a un superior pero no hay más soldados. Tardo un buen rato en darme cuenta de que soy el último. Me quedo quieto, mirando los campos de labranza convertidos en un mar oscuro, mirando las ruinas de lo que fue nuestra pequeña ciudad, hundidas en un precipicio donde rompen las olas. Me doy la vuelta y veo que ahora sí me miran, y alguno de ellos se adelanta y me pregunta qué vamos a hacer.

Tercer día, al amanecer

Me agacho junto al cuerpo y pongo mis manos sobre los labios resecos. Parece que respira. Comienzo a apartar los cascotes mientras llamo pidiendo ayuda. Grito lo más fuerte que puedo. Intento mover la viga que lo aprisiona aunque eso haga que se derrumben las precarias paredes que nos rodean. No puedo moverlo yo solo. Y está vivo. Está vivo.

Intento limpiar su rostro de polvo. Veo los galones en su uniforme. Un capitán, es un capitán. Grito más fuerte y sigo desenterrándolo con todas mis fuerzas. Mis manos se llenan de arañazos pero apenas avanzo. Es Torcas el que viene corriendo. El que da las órdenes al resto de los hombres. El que me aparta para poder rescatar al capitán. Un superviviente más, esta vez uno de nosotros, mientras sus familias están muertas. No parece importarles y trabajan duro para sacarlo de allí. Yo me limito a quedarme atrás y mirar. Ni siquiera les doy indicaciones. Es como si me hubiera vuelto invisible de pronto.

Lo sacamos fuera y lo tendemos en lo alto de la colina. No lo he tocado. Me siento a su lado mientras espero a que se acerque un sanador. Ya no puedo volverme hacia el mar, a fingir que pienso. Cuando abra los ojos verá que sólo estamos los dos. Después de la última bajada hasta mi uniforme se ha desgarrado.

Su mano presiona de nuevo mi antebrazo y yo lo sostengo. Se agita en sueños. Quiere levantarse, quiere luchar. No sabe que los enemigos contra los que luchamos son la tierra y el mar. Que ni los bárbaros indígenas pueden hacernos nada ya. Acaban de llegar algunos, cansados y mojados, pidiendo ayuda. Se han sentado juntos, aparte, lejos de nosotros y a la vez muy cerca. Torcas me ha mirado con una muda pregunta en los ojos y yo he asentido con la cabeza. Mejor juntos a que nos ataquen por la espalda. En el fondo Torcas y yo nos entendemos bien. El sabe que quizás yo huya en cuanto tenga ocasión, yo sé que él no huiría nunca aunque fuera lo único que pudiera hacer.

La respiración del capitán se vuelve más tranquila y la presión de su mano es más suave. No sé si está muriéndose ya o si se está recuperando. Levanto los ojos buscando a la bruja, la vieja mujer envuelta en telas negras que se acerca lentamente. Trae viejos remedios que no sirven de mucho pero calman el dolor, y musita leves encantamientos que a mí me parecen que aceleran la muerte. El resistirá el dolor, le digo, para que aproveche sus ungüentos en el resto de los heridos, pero la mujer sonríe y las arrugas de su rostro se multiplican. No es la misma que me vendió el hechizo que ocultaba el agujero en la empalizada, aunque todas se parecen mucho. Podría equivocarme. La miro otra vez, pero no noto que me reconozca.

Se marcha y siento impotencia. Camina unos pasos y el bulto informe de andrajos negros vuelve a agacharse sobre otro herido con la misma sonrisa en los labios. La contemplo unos minutos antes de notar que la presión de la mano del capitán se ha relajado. Me ha soltado. Lo miro y compruebo que tiene los ojos abiertos y me está mirando.

No sé cuanto tiempo lleva así, mirándome fijamente, como si yo fuera un fantasma. Tal vez lo soy, en cierto modo. Su mano cuelga lacia del costado, como si le hubieran abandonado todas sus fuerzas. Me acerco y lo llamo: Señor, capitán, susurro en voz baja preguntándome si puede oírme, o si me reconoce. Sus labios tiemblan, intentando decirme algo. Me acerco más, para poder entenderle, son apenas dos sílabas que tartamudean en sus labios: Te vi. Te vi. Te vi.

Cierra los ojos y el eco de sus palabras resuena en mi cabeza. Lo hará durante mucho tiempo. Sobrevivirá. Lo noto. No podrá andar, quizás, la cicatriz que cruza su rostro permanecerá para siempre. Pero sobrevivirá y él es el capitán. Tomará las decisiones a partir de ahora. Es lo que he estado deseando durante estos tres días. Se llevará bien con todos. Sabrá lo que hay que hacer. No tendrá dudas, ni miedos. Yo no tendré que pensar.

Y, quizás, la próxima vez que abra los labios pronunciará la palabra que ahora no ha podido. La palabra que me marcará el resto de mi vida. Y se lo contará a los demás. O tal vez no lo haga, y sólo la lea cuando lo mire a los ojos. Tal vez comprenda que ya no hay ningún sitio a dónde ir, que tendremos que caminar juntos por la orilla de este nuevo mar hasta que encontremos un lugar donde poder quedaros, donde sobrevivir. Y aún entonces tendré dudas, y él lo sabrá. Porque ya me fui una vez y puedo volver a hacerlo. Si no me voy es por miedo, si me vuelvo a marchar será por miedo.

Su boca sigue murmurando en silencio las mismas sílabas, o eso me parece a mí. Hubiera preferido que lo dijera claramente, que me llamara por el nombre que merezco, me lo he ganado aunque haya vuelto. Pero no lo hará, no lo dirá nunca. En realidad no hay diferencia. Aunque no lo pronuncie lo oigo en mi cabeza. Desertor. Desertor. Desertor.Torcas se acerca de nuevo. Hay cosas que hacer, él no se ha sentado a velar a su familia enferma. Así que me levanto y le sigo. Cada vez toma él más decisiones, pero siempre me pregunta primero. Hay que hablar con los bárbaros, me dice, ellos nos contarán como están las cosas por el oeste. Desde aquí solo vemos barro, pero las cosas pueden ser distintas más allá. Tal vez ellos sepan hacer barcos, me dice, esperanzado. Tal vez, tal vez. Pronto llegará el momento de arriesgarnos. Al menos estamos vivos, me dice, hemos tenido suerte. Yo miro la desolación en la que nos encontramos y no estoy tan seguro, pero asiento con la cabeza. Dejo que hable él. Es más fácil. Se calla cuando estamos frente a los bárbaros y se queda un paso detrás de mí. Su tierra sagrada se ha convertido en un mar sagrado y lo miran con desconfianza. No querrán cruzarlo. Nos cuentan como su pueblo ha quedado sepultado en ese mar que ruge furioso. Se quedarán. No tienen ningún sitio al que huir.

Nosotros tampoco.

El este parece la mejor opción, las colinas aún parecen firmes a lo lejos. Será un camino duro y no quiero tomarlo. Esperaré a que despierte el capitán. El nos dirá qué hacer. Ahora puedo cerrar los ojos un momento, dejar de pensar. Torcas se ha sentado a mi lado, y contempla el mar. Tú también me viste, pienso, tú también lo sabes.

-Algún día, cruzaremos el mar e iremos al norte –me dice.

Yo no añado que tal vez no haya norte, sino solo un mar eterno sin final. El me diría entonces que estamos en la orilla, que hemos tenido suerte, que hemos sobrevivido. Que encontraremos pronto tierra seca donde volver a cultivar. Y yo asentiría y cerraría los ojos de nuevo, porque no es justo que mate su esperanza sólo porque yo no la tengo. Y, por primera vez en tres días, intentaría dormir.